viernes, 20 de abril de 2012

#TendrásUnaPrimaveraMoscovita en el Alto Gállego y Jacetania




En Librería Monimar en la calle Serrablo en Sabiñánigo puede encontrarse #TendrásUnaPrimaveraMoscovita.


Y en la Librería Caradhras en Avda. Ejército 36 de Sabiñánigo de mi eficiente y buen amigo "el Vasco", también podéis encontrar #TendrásUnaPrimaveraMoscovita. José Mari, espero en el futuro devolveros de algún modo el cariño que me habéis entregado.



Y en Jaca junto a la Catedral en la Librería La Trastienda también está #TendrásUnaPrimavderaMoscovita. Gracias por vuestra colaboración.

jueves, 12 de abril de 2012

Fragmento de "Tendrás Una Primavera Moscovita", por Juan M. Pueyo






1                                  En Las Primeras Horas Del Atardecer

En las primeras horas del atardecer de aquel gélido día de marzo el viento del noroeste volvió a levantarse con fuerza inusitada, golpeando una y otra vez con renovada saña unos plataneros de enorme copa, que se erguían en la céntrica plaza de la ciudad, estoica víctima de su furia; se trataba de un desahogado espacio público rehabilitado en tiempos recientes y medio abandonado durante los años de la dictadura, que lucía ahora con el extraño esplendor de unos alfombrados céspedes muy bien nutridos y cortados con pulcra maestría; había también caprichosas islas multiformes que contenían parterres con flores recién plantadas, bordeadas por amplias aceras pavimentadas con buena piedra caliza traída de las canteras del Norte del país, que refulgían bajo los rayos  del sol de aquella tarde.
Se trataba de una primavera que se presentía hostil conforme avanzaba abriéndose camino tras los últimos días invernales de densa niebla, también fenómeno climatológico sobradamente conocido en la ciudad provinciana y milenaria, cuya intensidad conseguía modificar su fisonomía y las monótonas rutinas de la gente. El microclima zonal era de extrema dureza: a sobrios días soleados seguían otros de un frío viento del Noroeste procedente de las montañas. Desde la plaza se divisaba más allá de una importante arteria para el tráfico que descendía hacia el río un bosque de asfalto, cemento y edificios nuevos de toda laya y aspecto, arracimados como un corsé alrededor del promontorio que dominaba la ciudad; allí arriba resistía imbatible el paso del tiempo un viejo castillo medieval, cuyas almenas altivas ofrecían excelentes vistas de la ciudad con tonos amarillos oscuros en algunos atardeceres de morosas puestas de sol; podían sugestionar en buena medida al espectador momentos de una melancolía indefinible. Ocurría lo mismo en el amanecer al asomar el sol por Naciente, que desde la vieja atalaya medieval se teñía todo de bruñido blancor metálico. Aquellas terrazas eran delicado objeto de veneración por el ciudadano.
Las estrechas calles y callejas abigarradas, angostas y sinuosas, que ascendían hasta el viejo castro, el inseparable olor rancio que  sin remisión lanzaban al paseante, o turista que deambulaban por allí a un viaje de la imaginación al lejano pasado musulmán y judaizante de aquella pequeña ciudad. Una huella memorialista fidedigna del devenir histórico de todo el país; memoria que guardaban fieles como nadie sus gastadas piedras, sus pórticos, balconadas, artesonados, blasones y angostos patios sombríos, y que hablaba a gritos silenciosos de ese pasado denso en historia y vivencias, indiferentes e ignoradas a los ojos de las gentes de esta época cambiante, gentes sumidas en la preocupación por un materialismo tecnológico, con su capacidad cognitiva compelida a ser arrastrada a una velocidad de vértigo, gentes forzadas a malbaratar el tiempo sustrayéndoles de su imperativa mirada al pasado, algo insoslayable para conocer el presente y prevenir de algún modo el futuro, si eso es posible. Tiempos modernos que nunca toleran la mirada lenta, que etiquetan lo de anteayer como antigualla. Los olores que desprendían esas callejuelas gastadas por los años, eran una mezcla de humores muy acres, fuertes, y pesadísimos de soportar; la cerrada atmósfera de todos sus rincones, una decrepitud que envolvía los sentidos al caminar sobre aquellos adoquines, todo formaba ya parte consubstancial característica de ese barrio entrañable que ahora acogía una fuerte inmigración extranjera, entre la que surgían como setas también grupos de negros de más allá del Sahel, gitanos y moros vendedores de hachís, heroína y cocaína a los famélicos yonquis desesperados de la ciudad.
Y la cuidada plaza lucía en todo su esplendor a esas horas de la tarde, rodeaba el elegante frontispicio y la fachada neogótica del viejo edificio decimonónico que albergó durante muchos años el antiguo seminario, siendo clausurado en los últimos tiempos por ausencia de vocaciones clericales en una sociedad cada vez más  incrédula e informada, para posteriormente ser reconvertido en uno de los institutos de enseñanza secundaria con que contaba la ciudad. El ímpetu de aquel cierzo furibundo de la tarde estaba desatado, traía la virulencia normal que hacía tambalear también con siniestra intención la altivez de unos chopos blancos crecidos entre los plataneros, zarandeándolos a su antojo de un lado a otro, como bailarinas sorprendidas y asustadas ante la irrupción del fauno en la orgía: el afilado silbido implacable, tan familiar como odiado por la gente, porque las partículas de nieve que arrastraba desde las próximas montañas blancas penetraba en sus carnes como una daga asesina. Era enemigo muy conocido y familiar. Mientras se oía su silbido por las calles, y su azote que levantaba arenilla y lo que hallaba a su paso, todo rastro de vida quedaba reducido al mínimo, y entonces hasta los perros y gatos callejeros vagaban en busca de refugio por alguna acera desierta o carasoles protectores, y nerviosos pájaros huidizos escondidos en huecos de las cornisas de edificios o alfeizares de ventanas,  lejos de  las oscilantes ramas castigadas de los árboles.
Y sucedía en una de esas tardes de ventisquero que Víctor, un profesor de Historia que mediaba la treintena apareció por la puerta principal del edificio de su instituto. Enseguida pudo observarse en su rostro el rechazo visceral que sentía hacia el fenómeno atmosférico, aunque también había en su interior cierta alegría, la euforia liberadora que de modo invariable se nos manifiesta cuando acaba la jornada laboral: el momento cumbre en que uno se siente dueño y señor absoluto de su tiempo. Se disponía a abandonar el edificio, y su cabreo contenido durante la parte final del día poco a poco le estaba abandonando, y lo reflejaba su semblante, el enjuto rostro atractivo y bastante risueño la generalidad de las veces, ahora se acrecentaba con la saludable sensación de alegría que tenía por el encuentro con su novia. La sola idea de ver a Beatriz siempre le ponía de buen humor, y además ahora, que la relación atravesaba por momentos  rayanos a la excelencia. Con esta positiva disposición sus pasos marchaban veloces hasta el lugar donde tenía el coche aparcado, volviendo a veces la espalda para esquivar los latigazos y las furiosas embestidas del viento que golpeaban su cuerpo, tanto la cazadora de cuero marrón como su cabello largo y algo ondulado y una ridícula corbata floreada que se erizaba por encima de hombro. Era un regalo de su chica, y que llevaba con sumo gusto.
Para él esta olvidable jornada marceña tuvo dos vertientes nítidamente marcadas respecto al trabajo; por un lado las clásicas horas lectivas rutinarias con buenos alumnos seriamente implicados en su quehacer, por fortuna la inmensa la mayoría,  muchachos haciendo su labor y una actitud positiva ante la vida; que contrastaba con el gesto desafiante de unos cuantos toca pelotas de rigor, cuyas miradas estúpidas y consentidas siempre conseguían irritar al profesor, que mientras mantenía la suya con fingida displicencia, pensaba: “Chaval, si quieres pasar frío y calor en un andamio, es tu problema. Si esperas que me sienta culpable de tu fracaso, lo tienes claro”. Nunca entraba en su juego, si podía evitarlo. Por lo demás había sido una hora de clase a su juicio muy bien aprovechada, aunque los díscolos siempre le dejaban un leve poso desagradable en su conciencia profesional.
La otra vertiente tenía relación con la reunión que esa misma tarde había mantenido con los padres de uno de esos tocapelotas, cuyo comportamiento pasaba por ser de los mejores entre su grupo. El profesor consideraba al chico recuperable, pero era evidente la pertinaz dejación por parte de sus progenitores en proceso de divorcio, su falta de implicación en un trayecto crucial del periodo formativo; eso era algo injusto que le exasperaba, así como la mal llevada sobre protección materna frente a la lamentable desidia académica del chico: inteligencia cercana a la brillantez, una cabeza bien armada y con  capacidad analítica pero mal estudiante, indolente, soberbio y vago contumaz, y una madre empecinada por exculpar en todo momento y pasar por alto los malos hábitos que iba adquiriendo su hijo, y que probablemente por no decir nunca, abandonaría. De modo y manera que había optado por salir al paso de la forma más expeditiva y solvente posible. “A final de cuentas es su hijo, no el mío”, se dijo. 
Desde el momento en que se halló frente al volante de su coche desconectó por completo del trabajo, arrancó y enfiló la salida de la plaza del instituto. Había un tráfico nervioso en el comienzo de su ebullición, cuando la gente sale de sus trabajos, lento, denso y monótono, pero era algo que ya no le ponía de mala leche, lo soportaba estoico como podía; puso la radio y sonaba Mr. Tambourine Man en toda la pureza de la  versión de The Birds, y una de sus canciones favoritas desde hacía muchos años. Fue una alegre sorpresa inesperada. La música había sido durante toda su vida un buen refugio, quizás el mejor después de los libros; poseía una reputada colección de discos en vinilo famosa entre sus amigos, y en aquel momento sin duda alguna aquel excelente country folk que salía por los altavoces del auto, ayudaba en la recuperación del buen humor perdido. Tanto fue así que Víctor llevado por un acto reflejo, se puso a acompañar al bueno de Roger Macguinn haciéndole los coros, y tarareando algunas melodías que conocía de memoria de la inspirada canción del genio de Duluth; si, señor, esa canción le daba marcha, aunque de hecho cualquier cosa de Mr. Robert Zimmerman podía hacerlo,  así como también devolverle a su corazón las añoradas sensaciones de los buenos, viejos tiempos, aquellos años cuando aún creía en no sabía bien qué clase de revolución, cambio, o algo que transformase el tedio, el aburrimiento de aquel abyecto estado de cosas en que se hallaba todo: imaginación al poder, paz, flores y amor, sé feliz, buenas vibraciones, en fin todos los gastados eslóganes donde la juventud apacienta el vigor de sus neuronas.
Y qué quedaba de aquella utopía, se preguntaba en ocasiones,... Nada, tan sólo un vago rosario perdido de buenas intenciones ya  enterradas, y algunas frases tópicas que ni se mencionan por vergüenza. Devastación nada más, pensaba, todo el mundo ahora sacrificando al oscuro Moloch de la codicia, la gente entregada a un desaforado consumo y a una banalidad irritante; él cuando menos gracias a los restos del naufragio de aquel material ilusionante de juventud conoció a Beatriz, una chica estupenda; y ciertamente la cosa no estaba nada mal, pues se trataba de una tía con mucho punto, muy guay, muy puesta y todo eso. Todo un mirlo blanco, chica moderna de su tiempo, además de ser por supuesto una autentica preciosidad de cuerpo y estilizada figura, pálida tez y pelo negro como el azabache, y unos ojos que brillaban igual que un diamante de Birmania, sugerían como una especie de enigma, como el ignoto paisaje deslumbrante que siempre esperamos ver tras la densa arboleda; sus manos eran finas y movía los sarmentosos dedos con elegancia. Sí, era consciente que su chica era toda una beldad, una auténtica delicatesen acicalada con la exquisitez que saben hacerlo estas chicas actuales. Un feliz compendio de dones de la naturaleza y de sensibilidad y estilo donde pueda haberlo, asunto que propiciaba numerosas bromas entre sus amigos: Con lo buena que está tu novia, tío…, que él aceptaba de una sonrisa y suma naturalidad, sin el menor asomo de celos ni tonterías por el estilo.
Hacía ya unos años habían coincidido en una fiesta de amigos comunes, un jolgorio de porros, tragos, alguna tímida rayita y desmadre a tope, una celebración de algo que ya no recordaba. Aquella noche Víctor nada más verla, no pudo apartar los ojos de ella, con su pensamiento esclavo de aquella muchacha mientras observaba como se desplazaba de grupo en grupo, charlando con su alegre sonrisa y lengua afilada e irreverente; se alegró mucho cuando vio que sus miradas tropezaban con bastante frecuencia, hasta que el joven liberado de su timidez a causa de los efluvios del escocés con hielo que llevaba en su vaso, la abordó con una chorrada cualquiera al uso del caso en medio de la borrachera general con su voz beoda y una conversación chispeante.
Sonaba la música de uno de los discos de Lou Reed, “Legendary Hearts”, y le habló de su devoción por Lou, del influjo en este disco en concreto del poeta Delmore Schwartz, también hablaron del rock´and roll, del ritmo y la gran poesía de los bardos célticos de la saga de Blake, Ginsberg y demás, poetas tan admirados. Beatriz escuchaba con atención, permitiéndose de vez en cuando algún que otro juicio válido y nada aventurado lleno de sensatez y coherencia. Al final, la muchacha le dijo que Reed era un buen músico en su opinión, y una especie de poeta del cante jondo neoyorquino, pero que ahora no le interesaban sus cuitas de ricachón acomodado, ni su fabulosa moto con la que recorría todo Long Island, ni el fulgor de su mansión en los Hampton´s iluminada bajo la aterciopelada noche neoyorquina. Víctor sonría, le agradaban las maneras de aquella chica lenguaraz e irreverente con criterio propio.
Ella le habló de  su vida hasta entonces, de cómo hacía poco había terminado periodismo, y ahora trabajaba en la redacción de un conocido medio de información de la ciudad, que ganaba poco, por ser un poco más que becaria, pero que lo importante ahora era aprender, y que a ella sobre todo le apasionaba lo que hacía, que era su verdadera vocación, que se consideraba una privilegiada por poder ejercerla, y que todas sus pretensiones se cifraban en llegar tan alto como pudiese. Su temperamento era consistente, y tenía una firme convicción en sí misma, confiaba en su futuro, o al menos, lucharía hasta la extenuación por sus sueños. Así es la vida, y yo lo acepto, concluía la joven periodista. Sin embargo, le reveló que  había algo en lo que tenía puesto especial empeño, un sueño alimentado y acariciado desde el comienzo de sus estudios, y puede ser que hasta fuese lo que la decidió a hacerse periodista: irse a trabajar y vivir en Nueva York algún día, pues amaba esa ciudad, sentía una atracción obsesiva por la gran metrópoli, fascinada por su ambiente integrador, artístico y cosmopolita; la presentía como un infinito venero de vivencias y emociones fuertes. Un sueño por el que Beatriz lucharía con determinación hasta el final.
Y la velada concluyó como suele acabar el jolgorio en estos casos; es decir,  placentera en grado sumo para dos seres que habían conectado a las mil maravillas, desde el primer momento en que se vieron. De modo que una vez finalizada la fiesta, se fueron a la cama como amigos que congeniaron maravillosamente, y a la mañana siguiente despertando como amantes ya fijos para un futuro inmediato, y terminar como pareja estable. Al principio de aquella primera noche ambos se mostraron torpes y nerviosos en la acción sexual, mas tras capear el primer envite que de manera naturalmente perentoria urgía, fueron calmando sus ansiedades, y después quedó el sedimento de unas sensaciones imborrables, que nunca jamás les abandonarían.
Fue pasando el tiempo, y continuaron viéndose con asiduidad, la relación iba consolidando su normalidad, sin apenas sobresalto  alguno que remarcar, si exceptuamos cierta exasperación por parte de Víctor que le sublevaba, ante la renuencia de Beatriz para concretar planes de futuro en común. Ella le hablaba a veces de su sueño neoyorquino, de cómo conducir su carrera hacia el ansiado destino, y para ello creía imprescindible un paso previo por Madrid. Y él todo esto no lo tomaba demasiado en serio, entraba en el campo de las probabilidades; podría ser, de hecho estaba seguro que así sería, un sueño adolescente más frustrado, como hay miles y miles de millones en el mundo. Nunca la desanimó, pero vivía con la convicción de que en el momento decisivo, tomaría la opción adecuada y sensata; o sea, optaría por erigir un hogar, formar una familia y ver crecer los hijos a su lado. ¿Acaso hay algo más hermoso en la vida que el hogar y los hijos, que son la prolongación de uno mismo?, los hijos son el mejor legado que uno puede hacer a la posteridad, pensaba Víctor. Este pensamiento se lo formulaba a menudo, aunque el silencio y la indiferencia de Beatriz le producían irritación, le inquietaba su tozuda y persistente insistencia con la idea de NY.
El tráfico ya se había descongestionado cuando llegó al Archivo  de la ciudad, donde pasaría su tiempo antes del encuentro con su novia, mientras recogía notas y datos para un proyecto literario que llevaba entre manos, pues pensaba novelar el desembarco de los Habsburgos en la Península  Ibérica. Era un gran lector de obras de ficción escritas por profesionales de la historiografía, sentía especial predilección por los grandes autores clásicos modernos como Gore Vidal o Robert Graves, aunque cuando caía en sus manos alguna obra que le atrapase, también podía acabar cocida al fuego lento de su amor por la lectura y la Historia. Esa era su ambición, él tenía un buen sueño por cumplir, nada que ver con quimeras de vivencias neoyorquinas, sino algo próximo al suelo más terrenal, algo que requería horas de abnegada entrega a la idea.
Dejó el coche en un amplio aparcamiento cerca del edificio que albergaba el Archivo. Se trataba de un palacio construido por una familia aristocrática del periodo de la Ilustración, que fue donado al ayuntamiento por los herederos, debido al elevado coste de su rehabilitación y mantenimiento, para que pudiera ser utilizado con diversos fines. Durante los años de la dictadura franquista sirvió de hospicio, y restaurado en tiempos de la democracia para acoger biblioteca, archivos y otras dependencias municipales. El proyecto de rehabilitación del edificio fue duramente criticado por la ciudadanía, y Víctor lo juzgaba alocado y desmesurado, pues sin tener en cuenta el significado histórico del edificio ni reparar en gastos incorporaron elementos modernistas que no venían a cuento, y no es que fuera contrario a la nueva arquitectura ni mucho menos, le parecía muy bien el titanio y las formas geométricas en medio de los viñedos, o al lado de una ría en una ciudad industrial; es más, le fascinaba ese tipo de construcciones por cosa de la innovación, pero rechazaba de plano una mezcla de lo viejo y lo actual de tan cutre, tan caro y tan mal gusto. Cosas de espacio, tiempo y estética. Cuando se restaura algo, hay que respetar la idea original, y aportar con inteligencia innovaciones contemporáneas, porque… ¿qué significa un edificio moderno de formas geométricas en medio de la ciudad y al lado de gastadas piedras de una iglesia románica del siglo XII?, y ¿qué se puede pensar de alguien, que es capaz de incrustar entre las columnas y arcadas del patio de un palacio renacentista, por ejemplo, unas enormes vidrieras a través de las cuales puede verse a gente en una sala trabajando con afán hormiguilla sobre ordenadores, o que pone tabique falso de placas de escayola pladur entre columnas del siglo XVIII?... Yo os lo diré sin ambages: pues, que el insensato perpetrador del desacato merece ser condenado, a trabajos forzados como picapedrero con maceta y escarpa en las canteras más jodidas del mundo.
Cuando entraba por la puerta principal recordó que había quedado con Triz- siempre la llamaba así, y no Bea como suele hacerse habitualmente- en ir al cine a las nueve para ver una comedia de Hollywood anunciada.  Sacó su móvil del bolsillo:
Hola, ¿qué tal va la tarde?, ¿Recuerdas que tenemos que ir al cine, verdad?- preguntó.
Claro que si. Ahora hay mucho trabajo en la redacción. Estamos con un artículo sobre el cambio climático, y hay que rematarlo; se trata de unos vertidos ilegales. Estamos echando el resto, nos está absorbiendo por lo sensible del asunto. Es crucial la toma de conciencia de la gente ante la gravedad del problema que se nos viene encima. Perdona, mi cielo, ya te he largado el mitin,… y es que vamos todos embalados.
No te preocupes – replicó riendo- ya sabes que todo eso también me interesa. Oye, hace un momento acabo de salir del curro y ahora estoy en el Archivo, ¿recuerdas lo del cine, verdad?
Si, claro, cómo no me voy a acordar, además me apetece mucho ver esa película. Quedamos en el Nelson, ¿vale?
Sí, a las nueve allí. Un beso- se despidió.
Hasta luego, un  beso.

Víctor entró en el viejo edificio a través de una estúpida puerta giratoria de cristal; fue directo adonde solía sentarse, nada más respirar el ambiente de su interior y sentir su calidez se puso de buen humor, pues iba a zambullirse en aquella historia que le apasionaba, era su hábitat preferido. Había pensado para el proyecto de su novela, montar una trama ubicada a principios del XVI sobre una pugna entre los agentes del rey de Francia, el aliado de Felipe de Habsburgo, heredero consorte de Castilla cuando venía a tomar posesión en nombre de su esposa Juana I, y ávido por hacerse con las riquezas de la Corona, y continuar alegremente sus juergas borgoñonas; y en el bando contrario los del rey Fernando tratando de impedirlo a toda costa, azuzados por el rey ansioso de fastidiar al archiduque cantamañanas. Una violenta lucha despiadada y sin tregua que tenía como fondo implacable el control político de casi toda Europa.
Le apasionaba ese periodo histórico, había sido el tiempo del tránsito del código caballeresco medieval a la política, la razón de estado, la astucia, manipulación y envenamientos renacentistas. Nunca dejó de pensar que fue Fernando quien había ordenado expresamente liquidar a su yerno, pues jamás hubo el menor grado de empatía entre ellos, y ni su ambición y falta de talento político, ni su irresponsabilidad en relación a los asuntos políticos del Reino de su mujer, y que él intentaba gestionar con estricta meticulosidad por su difunta esposa, la reina Isabel I. Felipe de Habsburgo era el hijo del emperador y la duquesa de Borgoña, y había crecido mimado en palacio por su abuela inglesa Margaret de Beaufort rodeado de lujo y halago. Origen bien distinto al de Fernando de Trastamarara, hijo de Juan II de Aragón y Juana Enriquez que había nacido en el austero palacio de La Sada de Sos, a cinco kilómetros de la frontera entre Aragón y Navarra, en plena guerra civil por la sucesión en el trono navarro entre su hermanastro y su padre, y que creció y se educó entre los capitanes del ejército en campamentos militares de las campañas del Rey de Aragón. Pensaba Víctor que tratar de combinar educaciones tan dispares, más el añadido de la diferencia generacional no era cosa fácil, y luego la situación en Europa y la amenaza turca condicionaban actitudes políticas. Mientras tanto seguía acumulando tanta información como podía para su novela; sin embargo en algunas ocasiones comenzaba a leer alguna cosa, que no tenía nada que ver con su trabajo, y arrastrado por su amor al conocimiento consumía su tiempo sin dar un puñetero palo al aire. Había pasado cierto tiempo cuando levantó su cabeza, miró su reloj y recordó la cita con Beatriz: “Voy a llegar tarde”, se dijo, saltando como un resorte. Enseguida recogió sus cosas y salió precipitadamente, ya que conocía lo furiosa que se ponía Beatriz con la impuntualidad, algo que a él le traía sin cuidado, pues era extremadamente distraído con sus citas.
Cuando entró por la puerta del Nelson respiró aliviado al no verla ni en la barra ni en ninguna de las mesas, así que por esta ocasión no habría bronca. Se pidió una caña, cogió el periódico y lo abrió por la página de espectáculos. Solían ir a una sala donde reponían éxitos, pues era un incondicional de las revisiones, como también le sucedía con las novelas que verdaderamente le gustaban, siempre que podía revisitaba también las películas, cosa que le proporcionaba gran placer. Esa tarde ponían “Algo pasa con Mary”, y comedieta tontita con Cameron Díaz, que trataba sobre una chica bombón pretendida por todo el elenco incluidos los electricistas. “Al menos estaremos entretenidos y alegraremos la vista”, pensó socarronamente. Enseguida llegó Beatriz, que entró veloz como una centella con una sonrisa y visiblemente exaltada. Se sentó al lado de su novio, y tras darle un beso, se excusó:
Lo siento, me ha sido imposible llegar antes. Un día para olvidar, todo el tiempo corriendo y la gente muy nerviosa. El contenido del periódico es hoy muy denso, te lo recomiendo en especial. Un día  agotador, la verdad.
Ya ha pasado esa jornada olvidable, y ahora estamos juntos, que es lo que importa- aventuró Víctor intentando distraerla.
Cualquier cosa sobre el medio ambiente me cabrea, y no debería ser así. Lo de hoy raya la exasperación, algo patético, estoy furiosa, ¿Adónde vamos?-Se preguntó- El otro día una fábrica hizo vertido ilegal por un desagüe construido clandestinamente hasta el río y mantenido oculto, contaminando aguas de uso humano y animal, algo demencial. Nuestro sistema de vida no puede absorberlo todo. Vaya gente, su actitud ha sido infame, y ellos tan frescos; a veces me pregunto cómo ciertos individuos, pueden reclamar pertenecer a la raza humana. Son execrables, deleznables. No sé… en el periódico nos interesa lograr un impacto contundente, que se perciba la gravedad y provocar el rechazo social absoluto. Sobre el resultado final del artículo no ha estado mal del todo, hemos quedado satisfechos a secas. Nos ha faltado un poco más de tiempo para redondearlo; bueno, ya sabes, la inmediatez y todo eso- explicó Beatriz.
La gente ya se da cuenta de la gravedad, aunque son los políticos quienes deben actuar. Sin embargo entre todos hemos de frenar al capitalismo salvaje, su falta de escrúpulos es el causante de este problema, lo de siempre: la codicia.
Sí, pero si todos colocamos nuestra cuñita por la parte que nos toca, algo cambiará. Es todo muy complicado. Estás hoy muy belicoso- infirió la periodista a propósito del tono utilizado en la última frase de Víctor.
Pues sí- respondió éste sonriendo abiertamente- Estoy muy cañero hoy, me gustaría putear al primer contaminador hijoputa, que ande jodiéndonos con su cochina cuenta de resultados y su apestoso yate atracado en Cadaqués, y después buscaré la isla y la cueva del Caribe adonde esconde su tesoro maldito, para arrojarlo al fondo del mar. Y que sufra el mamoncete del demonio…- y agregó sin sarcasmo alguno- Bueno, yo también he llegado tarde hoy.
Para no perder la costumbre, vaya. Desde luego eres incorregible, hazte mirar ese conflicto que tienes con el reloj.
No quiero, tu furia me da morbillo, me gusta hacerte rabiar...- apostilló con una aviesa sonrisilla.
A Víctor le gustaba bromear de vez en cuando. Se levantaron, pagaron la cuenta y se fueron para el cine. Cuando entraron la sala ya estaba en penumbra, Víctor pensó que ese bombón que era Cameron Díaz, les iba a hacer pasar un buen rato. Y rieron lo sufrido que era ligarse a la Díaz, y qué bien lo soportaban sus incansables pretendientes.
De nuevo en la calle el viento había amainado casi por completo, Beatriz observaba con cierta aprensión a Víctor, mientras éste comentaba la película en un tono distendido, y con un sentido del humor muy jovial, casi exuberante, ella no podía dejar de pensar que su jefe le había notificado, que la petición de traslado a Madrid había sido atendida, y dentro de quince días sucedería lo inevitable: debía irse. Víctor no tenía ni idea de la petición de traslado cursada, más tarde o más temprano, iba a saberlo. ¿Cómo lo encajaría? Mal, eso era seguro. Lo quería tanto, no deseaba hacerle daño alguno, pero tampoco quería abandonar su sueño. Sin embargo, ¿le perdería?..., ahora por fin llegaba la hora de dar la noticia infausta. La decisión final ya estaba tomada por su parte y de manera unilateral, tan sólo quedaba enfrentarse al peliagudo trámite de decírselo. ¡Menudo trámite!... y además soportar su presumible ira, y tal vez algún numerito al uso. La intención era plantearlo de manera suave pero directa, nada de medias tintas, aunque con la menor herida posible. Y en aquel momento viéndole tan animado, se le hacía un nudo en la garganta. Ahora quería estar a gusto con él, nada más... Había tenido dos días para decírselo, no es que tuviese temor a herirle, ni tampoco era un intento de dilación sin más, sino por puro y simple egoísmo vivir unas horas más en armonía, de tranquilidad junto un ser querido a quien iba a causarle un profundo daño. Decidió que hoy no diría nada.

sábado, 7 de abril de 2012

Y el pilot comenzó...




Pardina Centenero en el Serrablo

Una vez pasado el periodo de desintoxicación de la enorme ingesta de alcohol, con la que durante los últimos ocho o diez años había inundado mi vida, toda la gente de mi entorno me animaba a contar la experiencia, que lo hiciese en una historia de doscientas páginas más o menos, que llenaría el profundo y ancho hueco que dejaba en mi vida el abandono de las drogas, mi psicóloga también decía que sería una catarsis muy sana, y un buen basamento para la cimentación de mi nueva vida, un sostén esencial en el horizonte sobrio que se abría ante mi. "Será una excelente manera de disfrutar de tu sobriedad", me dijo. Y estaba en lo cierto.
Entonces pensé que sí, que iba a contarlo, pero no mi historia, sino una historia sobre la adicción, incidiendo principalmente en las causas que llevan a adquirir una personalidad adictiva, para acabar convirtiéndote en un penoso alcohólico, raquítico yonqui, o maniático sexual, o ludópata compulsivo con la subsiguiente devastación de tu vida. Me compré cinco cuadernos cuadriculados y un par de bolígrafos pilot, los dejé sobre mi mesilla de noche, y me acosté con la intención de levantarme a las cuatro de la mañana y comenzar a escribir. A los personajes los tenía medio definidos y el tema también, así que me quedé dormido sin decidir el estilo de la voz narradora, cómo iba a contar la historia. Cuando me levanté en el viejo caserón de Pardina Centenero todo estaba en silencio, y la gente dormía profundamente en sus habitaciones, tratando de no hacer mucho ruido y encendiendo las mínimas luces, me senté en la pequeña mesa del cuarto que hacía las veces de biblioteca con el flexo encendido, y allí quedé durante un buen rato con la página en blanco frente a mi y la mano con el pilot en suspenso. Miré por la ventana y fuera todo estaba oscuro, la abrí y comprobé que era una noche cerrada, el aire frío de la montaña pirináica arrastró su tonificante labiabilidad por mi cara, se veía alguna luz ocasional de los coches en la lejanía descendiendo el puerto de Monrepos. Entonces me vino a la memoria Gustave Flaubert, cuya ventana iluminada durante toda la noche mientras escribía y reescribía penosamente los desasosiegos de la señora Bovary, era bien conocida por sus vecinos de Rouan. Sin apenas darme cuenta repasé mis lejanas lecturas adolescentes y juveniles de la increíblemente bella novelística europea del XIX: Tolstoy, Balzac, Manzoni, Dickens, Varela, Dostovienski, Sthendal, Gogol, Leopoldo Alas, Turgueniev, y otros novelistas, tal vez los más estimados, entre dos siglos como Josep Conrad y Thomas Mann, cuya Muerte en Venecia había releído recientemente con sumo placer. Y entonces decidí encarar mi historia imitando a los grandes maestros. Así que el pilot comenzó a emborronar las blancas hojas del primer cuaderno.

miércoles, 4 de abril de 2012

Imperiosa primavera



Ha amanecido hoy lloviendo a buen ritmo, y eso es una magnífica noticia para la gente del agro y pésima para los procesionarios de Semana Santa, que se han pasado todo un año preparando sus levitas y capuchas para la ocasión, y entrenando tenaces con trompetas y tambores. Yo estoy un poco inquieto con mis pequeñas cosas: han pasado dos días del plazo marcado para la entrega, y no me llega el ejemplar de la novela, que necesito por cojones para visualizarla físicamente, y poder dar el visto bueno para su definitiva distribución, imperiosamente me urge comprobar que todo está correcto, que espero esté desde luego, pues no quiero ni pensar en lo que el retraso supondrá, si no llega hoy a mediodía. Mañana es fiesta, y hasta el martes que viene, nada que hacer. Acecha el temido incumplimiento de algún compromiso.
Qué hago: me deprimo, me cabreo, me desgarro por dentro, grito, me desespero....Y un huevo, la vida es demasiado bella, imperiosamente bella en cualquier momento diría yo, para invertir horas en desasosiegos inútiles que no llevan a ninguna parte. Esto lo he aprendido con los años. Así que salgo a la terraza, y respiro mientras el fresco aire de la mañana golpea con suavidad mi cara, pienso entonces en el esplendoroso aspecto que tendrá el campo, una vez pase la tormenta tras depositar su preciada carga líquida sobre esta reseca tierra y árboles mustios, y en la alegría de las hojas y flores nuevas que mostraran todo el esplendor de la primavera. Cosas que también importan en la vida.